Considerarme «experto» cuando el conocimiento es un universo en expansión sería una arrogancia intelectual. La etiqueta «experto» sugiere fronteras definidas en un territorio que es infinito. Prefiero el título de «estudiante» porque honra la humildad que requiere navegar lo vasto y desconocido; y la incesante necesidad de avanzar el conocimiento, de buscar saber más, guiado por la curiosidad y el éxtasis del aprendizaje.

Así como muchos se auto proclaman expertos sin serlo, vivimos una Doctoritis en Colombia.

Esta práctica de llamar «doctor» a cualquiera, como fórmula de respeto automático, tiene implicaciones profundas: institucionaliza la jerarquía sobre la igualdad, confunde credenciales con sabiduría y esteriliza el saludo, vaciándolo de autenticidad. 

El respeto genuino no se decreta con un título; se construye con cortesía, un «buenos días», un «señor», o el simple reconocimiento del nombre propio.

«Señor» reconoce dignidad; «doctor» debería reconocer un logro específico, no ser una muletilla social. 

Eliminar la «doctoritis» no es desprecio al estudio, es preferir la conexión humana auténtica sobre el ritual vacío.

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