Las guerras las generan líderes irresponsables. Sus egos, frágiles como cristal, los hacen caer como animales rabiosos ante cualquier provocación, arrastrando a pueblos enteros al conflicto.

El mundo no necesita valentía belicista. Necesita el verdadero coraje: el de la diplomacia paciente, la moderación firme y el diálogo incansable. Es lo difícil, y por eso es lo noble.

En tiempos de guerra, los más valientes no son quienes empuñan armas, sino quienes luchan por la paz.

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